• El mundo no tendría que ser tan lindo para funcionar. Eso pensaba mirando los árboles durante estos días de otoño. Con sus colores, sus formas y esas hojas que hasta para caerse hacen un espectáculo.

    Me puse a pensar en todo lo que ocurre en un mismo árbol. Produce oxígeno, alberga pajaritos, ayuda a retener el agua y los nutrientes de la tierra. Se alimenta de ella y después le devuelve sus hojas. Da flores, da frutos, cambia con las estaciones. Y yo, que no estoy haciendo nada por ayudarlo en sus funciones, puedo disfrutar de todo aquello simplemente mirándolo.

    Seguramente cada color y cada cambio tienen su explicación. Yo estaba demasiado entretenida con el paisaje para ponerme a investigar. Aunque, conociéndome, tampoco descarto que termine averiguándolo.

    Porque así funciona mi cabeza. Veo un zepelín y quiero saber cuánto tardaba en cruzar de Europa a América. Me pongo a investigar la vida de un antepasado y termino aprendiendo de barcos y de comercio de hace más de doscientos años. Después cierro aquello porque tengo un menú por planificar o porque ya estoy pensando dónde voy a poner el árbol de Navidad.

    Todo encuentra cómo entretenerme. El problema suele ser encontrarle horas al día.

    La escritura también ha tenido siempre su espacio. Mucho antes del blog fui dejando cosas en papelitos, diarios y libretas. A veces para guardar un recuerdo; otras, porque necesitaba organizar lo que tenía en la cabeza. Escribir me ayuda a descubrir qué pienso. Y me alegra.

    Hace un tiempo alguien que reconoce mi capacidad para narrar me sugirió que la dedicara a algo más trascendente. Que lo que publicaba era efímero y que podía aprovechar esa facilidad para hacer un trabajo que permaneciera.

    La posibilidad de escribir algo así también me ilusiona. Hay historias que quisiera reconstruir y otras que me gustaría inventar. Podría escribir un libro. O varios. Ahora, de solo pensarlo, ya me estoy buscando más trabajo.

    Pero me quedé dando vueltas a esa palabra: efímero.

    ¿Cuánto tendría que durar algo para que valiera la pena hacerlo?

    Una comida puede llevar horas de preparación y desaparecer en un rato. Las flores que pongo en la casa se marchitan. Un viaje termina. Y aun sabiendo eso, busco una receta, compro las flores y vuelvo a hacer una maleta. Disfruto pensando, preparando y viviendo esas cosas, con todo y su fecha de vencimiento.

    Con la escritura me pasa algo parecido. Cuando termino un escrito que me gusta, ya he pasado un buen rato conmigo. Me he reído, he recordado, he borrado tres párrafos y a veces he descubierto que lo que quería decir era otra cosa. Todavía nadie lo ha leído y yo ya estoy contenta de haberlo escrito.

    Después viene la alegría de compartirlo. Claro que me gusta que me lean. Me emociona recibir un mensaje de alguien que encontró un pedacito suyo entre mis palabras. También me gustaría que algún día algo de lo que escriba siga encontrando lectores con el paso del tiempo. Todo eso cabe entre las posibilidades que me entusiasman.

    Pero quisiera que mi felicidad al escribir pudiera seguir existiendo sin tener que esperar a saber cuántos lo leyeron, cuánto les gustó o cuánto durará.

    Pienso de nuevo en el árbol. Quizás me reconozco en esa variedad de cosas que caben en uno solo. En sus distintas maneras de dar, de cambiar, de estar vivo. Yo también quiero espacio para aprender algo que mañana quizá no use, preparar una mesa bonita, vivir una aventura y escribir lo que me nazca contar.

    Algunas cosas darán fruto. Otras me llevarán por un camino que todavía no conozco. Y habrá unas cuantas que habré disfrutado muchísimo mientras las hacía.

    Por ahora, este escrito me ha tenido un buen rato mirando un árbol. Y mira todo lo que me ha puesto a pensar.

  • Tommy y yo andábamos haciendo una ruta en carro por los Apalaches. Yo disfrutando del otoño y él, de manejar su carro.

    En una de esas, entre conversaciones entre nosotros, oír música y hacer videollamadas con la familia, entro a uno de los grupos de WhatsApp y veo que están hablando del Mian Xiang. Y claro que me dio por averiguar qué era. Es una antigua práctica china que pretende leer nuestra vida a través de los rasgos del rostro. Y como la curiosidad pudo más, terminé subiendo unas fotografías a ChatGPT para que hiciera de maestro chino.

    ¡Qué entretenimiento!

    Que si la frente habla de la juventud, que si la nariz de la prosperidad, que si el mentón de la vejez. Yo estaba feliz con mi lectura, hasta que el maestro, que además resultó bastante chismoso, me dijo:

    «Entre los 18 y los 25 años situaría una etapa de decisiones que contribuyeron a definir el rumbo de su vida. No necesariamente decisiones equivocadas, sino elecciones que cerraron unas puertas y abrieron otras».

    ¡Espérate un momento!

    Entre los 18 y los 25 años me mudé de ciudad, viví lejos de mi familia, me gradué de abogada, me casé y empecé a tener mi familia. Y de paso, nunca ejercí la profesión para la que había estudiado.

    ¡Todo eso en siete años!

    Seguimos nuestro viaje y nos tocó recorrer el Tail of the Dragon, una carretera famosa por sus 318 curvas en apenas 11 millas. ¡Claro! Era el sueño de Tommy: manejar su Brum Brum. Y yo, reconfirmar que al parecer todavía lo quiero, porque si no, no sé qué hacía ahí.

    Entre las montañas nos quedamos sin señal de internet y no podíamos poner la próxima dirección en el navegador. Pero tampoco había dónde perderse. Era una sola carretera, sin intersecciones, y sabíamos que íbamos en la dirección correcta.

    No había ninguna decisión nueva que tomar. Solo seguir hasta que apareciera la próxima oportunidad de elegir.

    Y ahí volví a pensar en aquellos siete años. En todo lo que había pasado mientras yo estaba ocupada viviendo, sin detenerme a pensar en la trascendencia que tendría.

    Y no es que haya ido por la vida sentada en el asiento del pasajero, dejando que otro decidiera por dónde llevarme. ¡Qué va! He tenido mis manos en el guía. Algunos tramos los he manejado sola, otros acompañada, a veces siguiendo mi intuición y otras defendiendo el camino que quería tomar. Y también hubo momentos en los que, aunque feliz, ya no se trataba solamente de escoger hacia dónde ir, sino de ocuparme de los pasajeros que se habían subido a mi carro.

    Porque entre una decisión y otra hay mucho más que decisiones. Hay personas, aprendizajes, responsabilidades, alegrías, equivocaciones y cosas que empezamos a hacer casi sin pensarlo y terminan convirtiéndose en una parte importantísima de nuestra vida.

    Y quizás eso fue lo que me sorprendió al mirar aquellos siete años juntos. Parecían una sucesión de grandes decisiones, pero yo los recordaba desde dentro: una cosa llevó a la otra, aparecieron oportunidades, algunas las busqué, otras me encontraron a mí.

    No sé exactamente cuáles de aquellas decisiones me trajeron hasta la vida que tengo hoy, pero agradezco cada curva y cada camino recorrido. Creo que la muchacha de veinte años que fui estaría feliz de conocerme. Quizás no soy todo lo que alguna vez imaginó para sí misma, pero tampoco tenía idea de todas las cosas que le esperaban.

    Y sí, de vez en cuando me despierto con los apellidos cruzados y me pregunto qué habría pasado si aquella vez hubiera doblado a la derecha en lugar de a la izquierda.

    O simplemente me da curiosidad saber de qué me perdí por no doblar.

  • Era su password para casi todo y, aun así, cada vez que tenía el famoso “cambiazo” del celular, terminaba con otro Instagram, otro Facebook y hasta le abrían otro correo electrónico, porque no se acordaba de la contraseña.

    Ni qué hablar de cuando decidió cambiar del iPhone a Samsung “porque era el que estaba en oferta” y después peleaba con Tommy porque no se le sincronizaba con el iPad. Pero nada la amedrentaba. Ponía mensajes por Facebook y decía que los había enviado por WhatsApp, y hasta un live hablando con Charo de unos brasieres hizo. No dejaba de tratar y decía entender la tecnología.

    Mami era optimista. La geriatra se sorprendía porque ella no iba con problemas, iba a buscar soluciones. “Doctora, dígame si es que tengo que cambiar los lentes para que se me quite el dolor de cabeza”. O “mándeme hierro y vitaminas, que me voy de viaje el mes próximo y tengo que estar bien”. Ella tenía planes, y había que buscar la manera de que el cuerpo estuviera a la altura.

    Le encantaba viajar y después mirar las fotos. Tenía una memoria excelente: veía una y se acordaba del nombre del lugar. Le gustaban los restaurantes, el vino, la cerveza, la playa, el teatro, el cine y, sobre todo, los dulces. Lo suyo era terminar el postre. Nada de comerse solo una cucharadita.

    Era la persona más cumplida que he conocido. Siempre pendiente de los cumpleaños, los pésames, las enfermedades. Para mí siempre estuvo, y con las nietas tampoco se perdía una. No faltaba a un acto de la escuela, una graduación, un cumpleaños o una boda. Si por alguna razón no podía estar, seguro era la primera llamada. A veces más temprano de la cuenta, porque no se acordaba del cambio de hora.

    A nosotras nos decían que no nos habían cortado el cordón umbilical. No solo era mi mamá, era mi mejor amiga y confiaba en mí cien por ciento. Aun después de yo mudarme, ella venía mucho, yo iba y hablábamos varias veces al día. De todo: política, economía, farándula dominicana e internacional y lo último en cartelera.  Me contaba desde con quién se había encontrado en el cine hasta cómo, a veces, cuando iba a comprar la boleta, la taquillera le recordaba: “No, doña, esa ya usted la vio”.
    Cuando yo empezaba a despedirme, ella hacía un repasito, por si había quedado algún tema pendiente que nos permitiera seguir hablando.

    Ahora tengo tantas cosas que quisiera contarle. Y quisiera, sobre todo, tenerla físicamente aquí. Poderle presentar a Emma. Me la imagino disfrutando bañarla, peinarla, doblarle la ropita y darle ñoños. Poder contar con ella para la boda de Nicole, después de haberla visto estar presente en tantos momentos de mis hijas.

    El 13 de octubre era su cumpleaños.

    Esta vez quisiera llamarla yo. Hablarle de todo, como hacíamos siempre. Y cuando empezara a despedirse, ser yo la que hiciera el repasito para seguir hablando.

  • Siempre que vengo a República Dominicana paso a visitar a Mami y a Papi.

    Ayer fui a comer a El Manguito con Tommy. Pedí mi cangrejo guisado y allí nos encontramos con Eddy y Esther. Después de comer, los cuatro nos fuimos al cementerio.

    Antes de entrar, crucé a la tiendecita de enfrente para comprar flores. A Papi le gustaban los gingers y, en honor a la verdad, yo hubiese preferido robármelos de algún patio. Me parecía un gesto más personal. Pero mi madurez me recordó que una señora de mi edad no debe andar asaltando jardines ajenos, ni siquiera por una causa noble, así que le compré su segunda opción: rosas rojas.

    Para Mami escogí rosas amarillas.

    Me alegró ver que Eddy sí había llevado gingers para Papi. Comprados, debo aclarar. Parece que su madurez también intervino.

    La tumba de Mami está apenas a unos pasos de la entrada. Cuando llegué frente a ella, la llamé como tantas veces la llamábamos:

    —¡Tata!

    Y yo misma me respondí como ella les respondía a las niñas:

    —¡Yuuuuujuuuuu!

    He usado muchas veces ese llamado desde que murió, pero creo que nunca lo había hecho allí.

    En mi corazón sé que ellos no están en el cementerio. Siguen vivos en nuestros recuerdos, en las historias que contamos y en pequeñas cosas de mi cotidianidad. No necesito estar frente a una lápida para encontrarlos.

    Sin embargo, cada vez que vengo, necesito pasar por su última morada. Allí descansan los cuerpos que me dieron vida, sustento y cobijo. Los brazos que me cargaron, las manos que trabajaron para que no me faltara nada y las presencias físicas que alguna vez ocuparon tanto espacio en mi mundo.

    Le dije a Mami que no tenía nada nuevo que contarle porque seguramente ella ya lo sabía. Que sigo viviendo enamorada de mi «Amoreee, te amooo». Que estoy feliz por el compromiso de Nicole. Que voy a extrañarla muchísimo en la boda, aunque sé que estará presente.

    Probablemente en la mesa de los postres.

    Ese es el lugar de Mami en nuestras celebraciones.

    La tradición comenzó el primer Día de las Madres después de su muerte. Puse una fotografía suya y, junto a ella, algunas de las cosas que le gustaban: lentes de sol, pintalabios rojo, cremas, flores, dulces y una copa de vino.

    No quería hacer un altar triste. Quería que estuviera entre nosotras con todo lo que la hacía ella.

    Después llegaron otras celebraciones y su fotografía volvió a aparecer en la mesa de los postres. Hasta que, sin que nadie tuviera que decidirlo, se quedó a vivir allí.

    Por eso no tuve que explicarle mucho sobre la boda. Las dos sabemos dónde estará.

    Papi está enterrado apenas a unos metros de Mami, algo que todavía me causa gracia.

    Ellos estaban divorciados cuando él murió y se suponía que Mami sería enterrada en la capital. Sin embargo, por esas vueltas que da la vida, terminó en Puerto Plata, muy cerca de él.

    Cuando llegué donde Papi no pude evitar reírme y decirle:

    —No sé cómo lo lograste.

    Papi era extremadamente jocoso y tenía mucha chispa. Y aunque ellos habían tenido sus problemas como pareja, creo que Mami fue siempre el amor de su vida.

    Una vez fui a visitarlo a la casa donde vivía con su nueva compañera. Habían hecho habichuelas con dulce y, como él sabía cuánto le gustaban a Mami, me dijo que le llevara.

    Cuando iba a pedir que las prepararan para llevar, llamó a su compañera y gritó:

    —¡Olguitaaa!

    Se puso rojo como un tomate cuando se dio cuenta de la metida de pata.

    Por supuesto, llevé las habichuelas con dulce y también el cuento. A Mami le encantaban esas historias. Sospecho que disfrutó las habichuelas, pero todavía más saber que, sin querer, Papi había llamado a otra mujer por su nombre.

    Quizás por eso no debería sorprenderme que, después de divorcios, nuevas parejas y planes para ser enterrada en otra ciudad, Mami terminara descansando a pocos metros de él.

    No sé cómo lo lograste, Papi, pero lo lograste.

    Me fui del cementerio con gratitud.

    No sentí que me hubiera quedado nada pendiente que demostrar como hija. No llevé las flores para compensar lo que no hice cuando estaban vivos ni para aliviar una deuda. Fui porque todavía soy su hija y porque quiero honrar el lugar donde descansan los cuerpos que un día fueron mi casa.

    Mientras salía pensé en los árboles.

    Hubo un tiempo en que mis padres fueron el árbol y yo uno de sus niditos. Ellos me sostuvieron mientras crecía, aprendía y construía mi propia vida.

    Ahora el árbol soy yo.

    En mis ramas están los niditos de mis hijas, de Emma y de una familia que continúa creciendo y transformándose.

    Algún día me tocará dejar de ser la parte visible del árbol. Me convertiré en raíz y ellos ocuparán mi lugar.

    Quizás entonces alguien repita una de mis frases, cuente una historia mía en medio de una celebración o coloque mi fotografía junto a las cosas que me gustaban.

    Por ahora, soy el árbol con niditos.

    Algún día me tocará ser raíz y ellos serán el árbol.

  • Esta mañana me fui a bañar y a lavar el cabello. Como me iba a dilatar, puse música en el celular y elegí Recently Played sin ninguna intención especial. Solo quería la compañía de la música, pero las canciones empezaron a aparecer y las letras fueron abriendo gavetas que por fuera ya tenían telarañas.

    Primero sonó Ay, niña, de Kany García, y me llevó a la niña que fui y a la que hoy, igual que Kany, quisiera abrazar y decirle:

    🎵 Si te lo cuento, no lo cree’ 🎵

    De verdad que no tienes ni idea de todo lo que falta. Todo lo que vamos a aprender, a ver y a vivir.

    Entonces apareció Ricardito con Tan enamorados, que salió en 1988, justo cuando me graduaba del colegio. Yo me imaginaba 🎵 viajando a tu lado en el tren 🎵, aunque en aquella época habría sido más bien viajando en Caribe Tours o en Metro de Puerto Plata a Santiago.

    Quizás el rostro que imaginaba era el de algún compañero del colegio o de la universidad, pero lo que reconocía en la canción no era necesariamente a una persona. Era la posibilidad de una historia de amor.

    Y hoy esa historia tiene otro nombre, otra cara y más de treinta años de vida compartida.

    En eso sonó Búscame. Ya no me recordó lo que soñaba en esa época, sino a las personas con quienes la viví: esos amigos que llegaban antes de que los llamara: Víctor, Amín, Scarlet, Larissa, Deyanira.

    Víctor ya no puede llegar. Los demás ya no están en mi día a día, pero tuve la suerte de conocer con ellos esa forma de amistad. Que nuestras vidas hayan cambiado no disminuye el valor de aquellas amistades ni lo que significó para mí sentirme acompañada de esa manera.

    Después de recordar a quienes estuvieron para mí, Tú de qué vas hizo que el inventario cambiara de dirección: de lo que había recibido a todo lo que yo también había dado.

    Y entonces llegó esa frase sobre dar todo lo que uno tiene hasta quedar en deuda consigo mismo.

    Me hizo pensar en lo que he dado como esposa, mamá, hija, hermana y amiga. Algunas veces porque quería y otras, quizás, porque pensaba que amar significaba llegar hasta donde fuera necesario.

    Porque una cosa es dar de lo que tenemos y otra ir sacando de nuestras propias reservas: horas de descanso, planes que fuimos posponiendo, cosas que callamos para no incomodar. Quizás la deuda no aparece por haber amado demasiado, sino por habernos dejado siempre para después.

    ¿Cuánto de lo que di nació del amor y cuánto del miedo a decepcionar?

    ¿En qué momento dar a los demás comenzó a significar pedirme prestado a mí misma?

    ¿Y cómo empieza una a devolverse todo aquello que se debe?

    Cuando terminó la última canción, yo apenas había terminado de lavarme el cabello. Pero la playlist había hecho otra cosa: había puesto frente a mí lo que soñé, lo que viví, lo que di, lo que recibí, lo que perdí y lo que todavía añoro.

    No sé si los inventarios sirven únicamente para saber lo que tenemos. A veces también revelan lo que falta. Y, de vez en cuando, aquello que todavía nos debemos.

  • Como persona curiosa, me encanta probar lo nuevo. No me gusta quedarme al margen de la tecnología ni decidir que algo no es para mí antes de entender cómo funciona. Y con la inteligencia artificial he encontrado una ayudante que, para alguien que siempre tiene una investigación abierta, una idea dando vueltas y algo pendiente por escribir, resulta bastante irresistible.

    La IA puede ayudarnos a aprender, pero también podemos usarla para saltarnos ese aprendizaje. Y lo difícil es que ambas cosas se parecen mucho: en las dos obtenemos una respuesta, pero no necesariamente nos llevamos la misma comprensión.

    Por otro lado, también me confunde. Me presenta más opciones de las que necesito, convierte asuntos sencillos en proyectos y, en ocasiones, quiere tratar los temas humanos con una certeza matemática que ya quisiera yo para calcular cuánto arroz hacer cuando viene visita.

    Así que últimamente he estado pensando en lo que pasa cuando nos acostumbramos a consultar antes de intentar. ¿Cómo distingo cuándo me está ayudando a pensar y cuándo estoy dejando que piense por mí?

    Imaginemos que estamos en un restaurante y la mesa está coja. Una de esas mesas que se mueve cada vez que alguien apoya el brazo y amenaza con repartir el agua entre todos los que ahí estamos.

    Miramos debajo, encontramos la pata que queda en el aire, doblamos una servilleta y la acomodamos. Si quedó muy fina, le damos otro doblez. Probamos. Ya está.

    No necesitamos hacer un doctorado sobre estabilidad de muebles, analizar mil teorías ni buscar una oficina de abogados que nos explique cuáles son nuestros derechos frente a una mesa coja.

    Necesitamos mirar, pensar un poquito y atrevernos a probar.

    Quizás si le pregunto a ChatGPT sobre este tema, me sugeriría poner un pedacito de cartón debajo de la pata y hasta me daría cuatro o cinco opciones de tipos de cartón. ¿Y si no hay cartón? ¿Y si lo que tenemos delante son servilletas?

    Eso me lleva a pensar que podemos estar perdiendo nuestra capacidad de observar con qué contamos. De descubrir que algo puede servir para un uso distinto del que tenía previsto… pero si nos quedamos buscando el cartón que alguien nos recomendó, quizás ni siquiera veamos la servilleta.

    Eso es lo que más me inquieta: perder la confianza en nuestras propias ideas y, poco a poco, dejar de intentar. Atrofiar nuestro sentido crítico, que solo se desarrolla practicándolo: examinando algo antes de aceptarlo, incluso cuando nos gusta o confirma lo que ya creemos. No es llevar la contraria ni desconfiar de todo: es aprender a distinguir qué merece nuestra confianza y por qué.

    Que antes de escribir unas palabras de pésame sintamos que no sabremos qué decir. Que para expresar amor necesitemos una versión mejor redactada de lo que sentimos. Claro que podemos necesitar orientación. Yo la busco constantemente. Pero me preocupa ese momento en que empezamos a sentir que, sin una indicación externa, no sabremos qué hacer.

    Hay algo valioso en permitirnos una primera idea, aunque no sea la que resuelva el problema. Probarla, descubrir que no funciona, frustrarnos un poco y hacer un ajuste. Darnos cuenta de que podemos equivocarnos sin que eso signifique que somos incapaces.

    La servilleta puede quedar demasiado gruesa. El mensaje puede salir un poco torpe. El primer párrafo puede necesitar tres vueltas. Me gustaría que siguiéramos teniendo paciencia para eso. Que lo que todavía no nos sale bien no se convierta automáticamente en algo que encargamos a otro.

    Mientras hablábamos, mi querida ChatGPT y yo nos reímos de la facilidad con que puede responder: «¡Excelente idea, Josy! ¿Quieres que te prepare una guía con cinco tipos de cartón, sus ventajas y un plan para implementarlo?».

    Y yo le respondería: «Bibliotecaria, pásame una servilleta».

    Que es una señal que le doy a ChatGPT cuando me mezcla temas filosóficos que hemos tratado en otra conversación con una búsqueda de cuál es el mejor detergente para sacar manchas: «¡Bibliotecaria, solo un libro a la vez!».

    Me encanta contar con esa ayuda. Pero también quiero seguir escuchando mis ideas antes de que llegue una respuesta tan ordenada que me haga olvidarlas.

    Quiero conservar ese pequeño impulso de mirar una mesa coja y pensar: déjame probar.

  • Si miro hacia atrás, me cuesta encontrar una época de mi vida en la que no estuviera trabajando para alcanzar algo. Siempre ha habido una meta, un proyecto, un viaje, una celebración, una investigación o algún problema que necesitaba solución.

    Y, en mi gran inteligencia, procuraba no tener uno solo. Lo verdaderamente eficiente era mantener varios proyectos abiertos al mismo tiempo. Así, cuando uno terminaba, todavía quedaban dos o tres esperando. Y si todo parecía estar demasiado tranquilo, siempre he tenido una extraordinaria capacidad para encontrar algo nuevo que organizar.

    Durante mucho tiempo pensé que esa era simplemente mi manera de ser. Soy inquieta, entusiasta y curiosa. Me gusta imaginar proyectos y, sobre todo, convertir una idea en algo concreto. Donde otros ven una posibilidad, yo ya estoy haciendo una lista, buscando información y calculando cuánto tiempo necesitamos.

    Y todo eso es verdad. El problema es que quizás no sea toda la verdad.

    Hace poco pensé en ese momento extraño que llega después de alcanzar una meta. El día siguiente a eso que durante semanas, meses o incluso años ocupó nuestros pensamientos y organizó nuestros esfuerzos. Nos enseñan a perseguir lo que queremos, a perseverar, a no rendirnos, pero casi nunca nos enseñan qué hacer cuando finalmente llegamos.

    Yo, al parecer, encontré mi propia solución: asegurarme de que ese día no llegara nunca.

    Mientras avanzaba hacia un destino, ya tenía otro esperándome. No había que detenerse demasiado a celebrar, a descansar ni a preguntarse qué venía después, porque lo próximo ya estaba en marcha. Mi sistema era bastante efectivo. También agotador, pero eso lo descubrí más tarde.

    La verdad es que cuando estoy resolviendo algo sé perfectamente quién soy. Soy la que organiza, la que busca, la que encuentra una manera. Hay algo muy tranquilizador en los problemas que tienen solución, incluso cuando cuesta encontrarla. Una puede investigar, hacer llamadas, tocar puertas, probar otra vez. Siempre hay una próxima acción.

    El silencio, en cambio, no trae instrucciones.

    Cuando no hay nada urgente que hacer, aparecen preguntas menos cómodas. ¿Qué quiero cuando nadie necesita nada de mí? ¿Qué siento cuando no tengo una tarea ocupando todo el espacio? ¿Quién soy cuando no estoy resolviendo algo?

    Quizás por eso no siempre seguimos avanzando por ambición. A veces el movimiento también es una forma de no escuchar. Mientras haya una meta delante, no tenemos que detenernos a descubrir si todavía queremos ir hacia allí o si simplemente seguimos el rumbo que trazamos hace mucho tiempo.

    No creo que la respuesta sea dejar de tener proyectos. Eso sería pedirle a un río que renuncie a moverse. Mis proyectos me entusiasman, despiertan mi curiosidad y han llenado mi vida de experiencias maravillosas. No quiero convertir una parte tan auténtica de mí en un defecto solo porque ahora entiendo que también me ha servido de refugio.

    Pero quizás sí necesito aprender a reconocer cuándo avanzo porque algo me ilusiona y cuándo estoy buscando ruido para no escucharme. No correr a llenar cada espacio con otra lista antes de averiguar qué quiere decirme el silencio.

    Tal vez el verdadero día después de llegar comienza cuando, por una vez, no salimos inmediatamente en busca del próximo destino. Cuando nos quedamos allí un rato, aunque no sepamos qué hacer con las manos y el silencio empiece a hacer preguntas.

    No sé todavía quién soy cuando no estoy resolviendo algo. Pero quizás ya es hora de quedarme quieta el tiempo suficiente para empezar a averiguarlo.

  • En estas últimas semanas, mis posts se fueron convirtiendo en algo que estaba viviendo “en vivo”, a raíz de los preparativos y la posterior celebración del cumpleaños de Nicole. Pero ese ritmo no me resulta sostenible. Prefiero no tener la presión de llegar al lunes en la tarde sin saber qué voy a publicar el martes o, peor aún, sentir que necesito escribir sobre algo que viví esa misma semana, sin darle tiempo de decantar, como a los buenos vinos.

    Quizás porque en esas historias recientes mi familia ha estado tan presente, este fin de semana, durante una cena en casa de nuestros queridos amigos Carmen y Gerardo, él me hizo una pregunta: ¿cómo manejas hablar de otras personas en tus posts?

    Le respondí casi sin pensarlo: solo yo puedo vulnerarme a mí misma.

    La pregunta me llevó al momento en que me comprometí conmigo misma a abrir el blog. Había algunas cosas que me daban mucho susto, así que tuve que luchar primero conmigo para romper la inercia y empezar.

    Lo primero que decidí fue que, como estaba compartiendo algunas entradas de mi diario, si algo requería “mucha edición”, no era para publicar. Era algo íntimo. Entonces elegí diez entradas de mi diario, las dejé listas y con ellas armé lo que llamé la primera temporada. Así me aseguraba material para las primeras diez semanas.

    Lo segundo fue entender que muchas de las historias que cuento no las viví sola. Había otras personas y, aunque compartimos lo sucedido, solo tengo derecho a contar mi experiencia. Puedo escribir cómo me sentí, lo que algo significó para mí o la forma en que se movió dentro de mí, pero no asumir lo que el otro pensó o sintió ni revelar lo que no me pertenece. Porque, aunque yo haya estado ahí, esa historia también es suya. Y amar a alguien no me concede derechos sobre su historia.

    Mi límite siempre ha sido este: puedo abrir mi puerta —como decidí hacerlo desde mi primer post, Puerta Abierta—, pero no me corresponde abrir la habitación de nadie más.

    Por eso, aunque mi familia está siempre presente en mi diario, en mis posts, en mi corazón y en mi mente, soy cuidadosa de que aparezca solamente la parte que me pertenece.

    Así que Tommy, Gaby, Nicole, Emma, Erik, David… claro que aparecen en mis posts.

    No aparecen completos, porque tampoco me pertenecen completos. A veces están en una frase, en una celebración, en un recuerdo o en la forma en que algo que hicieron se movió dentro de mí. Otras veces están precisamente en lo que decido callar. Porque cuidar una historia también puede ser una forma de cuidar a quien forma parte de ella.

    Escribir con honestidad no significa contarlo todo, sino saber qué parte de la historia me pertenece contar y cuál me corresponde proteger.

  • Yo pensaba que madurar era llegar a un punto de la vida en el que ya no tendría tantas dudas. Que me equivocaría menos, tendría más respuestas y sabría qué hacer en casi cualquier situación.

    No sé exactamente a qué edad suponía que ocurriría semejante transformación, pero evidentemente se ha tomado su tiempo.

    Hace unos días vi un post sobre “las leyes de la madurez”. En general eran ideas sensatas, aunque algunas me parecieron demasiado absolutas. Una decía: “No esperes nada, aprecia todo”.

    Y pensé: no.

    No quiero dejar de esperar cosas buenas, de ilusionarme con un proyecto o de esperar reciprocidad de las personas que quiero solo para protegerme de una posible decepción.

    Quizás madurar no sea dejar de esperar, sino entender que las cosas no siempre salen como queremos y estar bien con eso. Que un resultado no tenga el poder de decidir cuánto valió el camino.

    Durante mucho tiempo creí que madurar consistía en acumular certezas. Ahora creo que tiene mucho más que ver con aprender a elegir.

    Pensando en esto miré mi vision board y me di cuenta de algo que no había visto antes.

    En él casi no hay cosas.

    Hay una mujer caminando, amigas, familia, viajes, alguien escribiendo, lugares por conocer.

    No habla tanto de lo que quiero tener. Habla de cómo quiero sentirme, de cómo quiero disfrutar lo que tengo, de la mujer que quiero seguir siendo, de quiénes quiero rodearme y de todo lo que todavía quiero aprender.

    Y pensé que quizás ahí estaba mi propia definición de madurez.

    Sigo teniendo dudas. Me sigo equivocando. Todavía hay situaciones en las que no tengo la menor idea de qué hacer.

    La diferencia es que ya no necesito tener todas las respuestas.

    Ahora miro mi vision board y entiendo que, sin proponérmelo, no puse allí la vida que quiero tener.

    Puse la manera en que quiero vivir la vida que tengo.

  • Yo pensaba que madurar era llegar a un punto de la vida en el que ya no tendría tantas dudas. Que me equivocaría menos, tendría más respuestas y sabría qué hacer en casi cualquier situación.

    No sé exactamente a qué edad suponía que ocurriría semejante transformación, pero evidentemente se ha tomado su tiempo.

    Hace unos días vi un post sobre “las leyes de la madurez”. En general eran ideas sensatas, aunque algunas me parecieron demasiado absolutas. Una decía: “No esperes nada, aprecia todo”.

    Y pensé: no.

    No quiero dejar de esperar cosas buenas, de ilusionarme con un proyecto o de esperar reciprocidad de las personas que quiero solo para protegerme de una posible decepción.

    Quizás madurar no sea dejar de esperar, sino entender que las cosas no siempre salen como queremos y estar bien con eso. Que un resultado no tenga el poder de decidir cuánto valió el camino.

    Durante mucho tiempo creí que madurar consistía en acumular certezas. Ahora creo que tiene mucho más que ver con aprender a elegir.

    Pensando en esto miré mi vision board y me di cuenta de algo que no había visto antes.

    En él casi no hay cosas.

    Hay una mujer caminando, amigas, familia, viajes, alguien escribiendo, lugares por conocer.

    No habla tanto de lo que quiero tener. Habla de cómo quiero sentirme, de cómo quiero disfrutar lo que tengo, de la mujer que quiero seguir siendo, de quiénes quiero rodearme y de todo lo que todavía quiero aprender.

    Y pensé que quizás ahí estaba mi propia definición de madurez.

    Sigo teniendo dudas. Me sigo equivocando. Todavía hay situaciones en las que no tengo la menor idea de qué hacer.

    La diferencia es que ya no necesito tener todas las respuestas.

    Ahora miro mi vision board y entiendo que, sin proponérmelo, no puse allí la vida que quiero tener.

    Puse la manera en que quiero vivir la vida que tengo.