• A veces me pregunto qué hemos ido dejando de lado mientras celebramos el “progreso”.

    Desde la Revolución Industrial, al hombre se le redujo a un solo rol: proveedor. Se lo apartó del hogar y de la posibilidad de estar presente en la crianza cotidiana. Su valor comenzó a medirse en salario. Y aunque cumpliera con su papel, algo quedaba mutilado: el tiempo, la ternura, la oportunidad de ver crecer y ser una figura cercana.

    La mujer, por su parte, fue encasillada en el otro extremo. Se le asignó el cuidado del hogar como destino exclusivo. Mientras criaba, sostenía y organizaba la vida familiar, se le negaban derechos, participación y reconocimiento. Era imprescindible, pero invisible.

    Más tarde, llegaron corrientes que quisieron reparar esa injusticia.

    —“Sal de la casa, sé libre trabajando.”

    Abrir espacios era urgente y necesario. Y se abrieron. Pero la libertad vino acompañada de una trampa sutil: el modelo de éxito no cambió, solo se duplicó. La independencia se entendió como imitar al proveedor, pero sin soltar la responsabilidad del hogar y los hijos.

    Hoy muchas mujeres crecen con un mensaje implícito: antes de pensar en hijos, asegúrate de no depender de nadie. Construye tu autonomía como quien construye un plan de escape. Como si el fracaso estuviera previsto incluso antes de comenzar.

    Y no es un miedo infundado. Venimos de generaciones de mujeres que fueron sometidas o maltratadas por no poder salir de relaciones abusivas. Otras quedaron solas, sin recursos ni herramientas para sostenerse a sí mismas y a sus hijos.

    Cuando finalmente decidimos ser madres, la tensión no desaparece; se transforma.

    Si me quedo en casa, siento que desperdicio años de estudio.

    Si trabajo, siento que delego lo irremplazable.

    Si intento hacerlo todo, vivo agotada intentando ser impecable en dos mundos que no admiten errores.

    Antes las mujeres necesitaban permiso para salir del hogar.

    Hoy necesitamos dar explicaciones si decidimos habitarlo.

    Y en medio de esta nueva exigencia acumulada, algo sigue quedando desprotegido:

    los niños, criados entre agendas fragmentadas;

    los ancianos, desplazados a soledades institucionalizadas;

    el cuidado —esa tarea esencial, humana, insustituible— reducido a algo “menor”, como si sostener la vida no fuera también construir futuro.

    Progresamos, sí.

    Pero también aprendí a mirarme con culpa. A sentirme insuficiente si me quedo y desalmada si me voy. A creer que solo somos dignas del espacio que ocupamos si somos económicamente independientes, o solo buenas madres si nos quedamos.

    Yo, como muchas mujeres, me sentí pequeña en reuniones donde se hablaba de ascensos, clientes y tribunales.

    Otras se sintieron insuficientes al salir antes de la oficina para llegar a un acto escolar.

    Y casi todas, en algún momento, cargamos con la sensación de no estar haciendo lo suficiente.

    ¿De qué nos sirve progresar económicamente si en el camino vamos dejando lo más valioso?

    ¿De qué nos sirve ganar autonomía si al mismo tiempo normalizamos que la ternura y la presencia no cuentan?

    ¿De qué nos sirve conquistar derechos si seguimos midiendo la vida solo en términos de productividad?

    Tal vez el verdadero progreso no sea elegir entre hogar o fábrica, entre pañales o títulos.

    Tal vez esté en reconciliar lo productivo con lo humano, lo visible con lo invisible.

    En valorar el cuidado, dignificarlo y repartirlo.

    Pero también —y sobre todo— en liberarnos de expectativas rígidas que nos obligan a encajar en moldes imposibles.

    Yo ya me liberé de dar explicaciones o sentirme culpable por lo que no pude hacer mejor. No creo que exista una sola receta que nos sirva a todas. A cada una nos toca un camino distinto.

    Pero si pudiera decirle algo a mis hijas —y a las mujeres que comienzan este recorrido— es que el balance nunca estará en cumplir lo que los demás esperan, sino en escuchar lo que cada etapa de la vida va pidiendo.

    Tienes permiso para quedarte.

    Tienes permiso para irte.

    Tienes permiso para hacer ambas cosas —aunque no al mismo tiempo— y para reinventarte tantas veces como sea necesario.

    Porque al final, el verdadero equilibrio no se mide en productividad ni en sacrificio, sino en poder mirarte al espejo y reconocer, con paz, a la mujer que eres.

    Y quizás, cuando logremos eso, podamos llamar a eso progreso.

  • Todo empezó con una alfombra que traje de Turquía. Me pareció hermosa cuando la vi, de esas piezas que uno siente que tienen historia y carácter. La imaginé en la sala, como un statement piece que hablara de nuestros viajes.

    Pero cuando llegó a casa, nada encajó como lo había imaginado: ni el tamaño era el correcto ni los colores dialogaban con lo que ya existía. Y ahí apareció algo que no tenía que ver con decoración, sino con culpa. Culpa por haberla comprado, por no haberlo pensado mejor, por sentir que ahora tenía que justificar su presencia.

    En el intento de “rescatarla”, decidí ponerla en mi habitación. Entonces surgió otro obstáculo: el papel de pared que me encanta, pero que visualmente no convivía con la alfombra. Y así empezó la cadena.

    No cambiaba el papel porque no encontraba quién lo removiera.

    No cambiaba la colcha porque tenía que combinar con una alfombra que no estaba puesta.

    Y no ponía la alfombra porque primero tenía que cambiar todo lo demás.

    Sin darme cuenta, convertí una simple pieza de decoración en el centro de un enredo mental que me dejó paralizada.

    En medio de ese proceso empecé a mirar mi habitación con otros ojos, como si de pronto hubiera dejado de ser suficiente. El lugar donde paso más tiempo comenzó a sentirse incómodo, no porque hubiera cambiado, sino porque yo ya no lo veía igual.

    Empecé a escuchar opiniones externas y, en un momento de inseguridad, algo que antes me gustaba dejó de parecerme bonito. Y entendí que lo difícil no es reorganizar la casa, sino recuperar la confianza en mi propio criterio.

    Así, lo que comenzó con una alfombra terminó cuestionando mi manera de habitar mi espacio y, sin darme cuenta, mi manera de habitarme a mí misma. Porque el problema nunca fue la alfombra, ni el papel, ni la colcha. Fue dejar de confiar en lo que me gustaba antes de empezar a dudar.

    Hoy lo veo con claridad: la alfombra no necesitaba ser rescatada ni convertirse en el centro de decisiones imposibles. Era solo una alfombra.

    La que necesitaba volver a su lugar era yo.

    A veces no nos castigamos quitándonos cosas, sino complicando tanto las decisiones que terminamos sin disfrutar nada. Lo más difícil no es acomodar la casa, sino volver a confiar en lo que nos daba paz antes de que todo se volviera ruido.

    Quizás la verdadera magia no estaba en la alfombra, sino en recuperar la tranquilidad de que mi espacio puede ser imperfecto…

    y aun así sentirse completamente mío.

  • Querido Papi:

    Hay días como hoy en los que, como dice la canción, tu ausencia se me nota.

    Hoy ya tendrías más de ochenta años. Pero al parecer esos no eran los años que te tocaban. Te fuiste joven, con el mismo espíritu inquieto y burlón con el que viviste, y así toca recordarte: en movimiento, riéndote, con esa media sonrisa ladeada que anunciaba que venía un chiste —o una verdad dicha sin anestesia.

    Con el paso del tiempo, lejos de diluirse, tu ausencia se agudiza. Se hace más evidente con cada aventura vivida, con cada cambio de rumbo, con cada logro que instintivamente quiero contarte.

    No soy solo el 50% de tus genes. Soy lo que vivimos juntos. Soy tu gracia para contar historias, tu desparpajo al hablar, tu vocabulario florido —que me sé casi completo aunque a veces lo edite—, tu perspicacia para saber quién sí y quién no, tu manera inclusiva de sentarte a la mesa con cualquiera, tu solidaridad casi automática, tu generosidad afectiva y esa disciplina tuya con el dinero (que a veces bordeaba la tacañería): ahorrar, no deber, dormir tranquilo. También soy la que aprendió de ti que el humor es una forma de inteligencia y un escudo contra la dureza del mundo.

    No te imaginas cuántas veces te he llamado.

    Te llamé para contarte que Gaby se graduó, que Nicole se graduó, que Gaby se volvió a graduar y consiguió trabajo. Para que vieras las orquídeas floreciendo en mi patio en Miami y las casitas de pájaros que construimos nosotras mismas. Para que me acompañaras en mi pleito eterno con las palomas que ponían su firma en el borde de la piscina. Te llamé a quejarme de lo duro que fue el primer año emigrando, empezando de nuevo. Y también para confesarte la burrada que hice la primera vez que me tocó echar gasolina sola en este país.

    Te llamé el 14 de diciembre para decirte que me había hecho ciudadana española, como tú, cerrando un círculo que empezó mucho antes de que yo lo entendiera. Te llamé para contarte que mi título de abogada, aunque no lo ejerza formalmente, me ha servido más de lo que imaginaba: me enseñó a pensar, a argumentar, a defenderme y a no aceptar un “no” sin antes revisarlo por todos los ángulos. Quédate tranquilo, ha rendido frutos.

    Te llamé cuando decidí hacer el Camino de Santiago y te volví a llamar desde Galicia, la tierra de abuelito, con los ojos nublados por la emoción y el viento húmedo pegándome en la cara. Te conté de los paisajes verdes, de cada pulpo a la gallega que me comí en tu honor, y de cómo tu jocosidad me empujaba en las subidas más duras, como si fueras caminando a mi lado, burlándote de mi cansancio y de mi decisión de “hacer esa vaina a pie”.

    Te llamé desde Inglaterra para reclamarte, medio en serio medio en broma, que mira a Isabel todavía seguía reinando en ese momento y tú ya no estabas. Te llamé en uno de mis cumpleaños para contarte que el regalo fue ir a un rodeo, y pensé cuánto te habría gustado.

    Te llamé para contarte que en Davie, la ciudad vecina de Cooper City, Fl. hay señales de cruce de caballos y que en los semáforos existen dos botones: uno a la altura de los peatones y otro para los jinetes. Estoy segura de que esa vaina te habría encantado.

    Te llamé cada diciembre a preguntarte qué día iríamos a comprar los regalos de Navidad, y te decía que debías estar feliz porque ya podíamos comprar también para varones. Te llamé desde Bratislava, en medio de un viaje improbable, para preguntarte si sabías dónde carajo quedaba eso. Te llamé para hablar del primo Pablo y confirmar que no puede negar que es Ortega. Te llamé para seguir escribiendo contigo los capítulos de esa “parte negra de la historia” familiar que solo tú sabías contar completa. Te llamé para pedirte que, si pasaba la señora del burro, me guardaras turrón de coco, y para preguntarte si el fin de semana iríamos a Maimón a comer pescado o al manguito a comer cangrejos.

    Te llamé para contarte que, cuando me hice ciudadana americana, me modificaron la parte del juramento relativa al porte de armas. Desde aquella vez en que Josian y yo tomamos un rifle sin permiso y casi matamos al perro, supe que las armas no eran lo mío. También te llamé para decirte que compramos otro apartamento y que, sí, nos mudamos otra vez.

    Y hubo días en que no te llamé… pero igual te hablé. En la cocina, manejando, antes de entrar a una conversación difícil. Porque hay diálogos que no necesitan teléfono.

    Hoy te llamé temprano para recordarte que siempre vas a ser mi primer San Valentín. Para decirte que te amo. Que sigues siendo parte de mis días, aunque en otra dimensión. Que tu ausencia se me nota, sí, pero también se me nota tu presencia en lo que soy, en lo que hago y en la forma en que camino el mundo.

    Al final, Papi, no te fuiste del todo. Solo cambiaste de lugar en la mesa.

  • Hace unos días me topé con uno de esos vídeos que iluminan lo cotidiano. La profesora @carmenamoresrv hablaba sobre las diferencias entre ser y estar, y luego en otro vídeo sobre por y para. Y aunque lo explicaba como parte de su enseñanza del español para extranjeros, a mí me hizo total sentido desde otro lugar: el emocional. Porque los idiomas no solo se aprenden… también se sienten. De ahí nació este texto.

    En inglés todo se resuelve con un simple to be. Un solo verbo para existir, para sentir, para estar. Pero en español no. Nosotros, tan apasionados, necesitábamos dos: ser y estar. Porque no es lo mismo ser feliz que estar feliz, ni ser loca que estar loca (aunque algunos días, la línea es delgada.

    Ser es esencia: lo que somos aunque cambien los planes, las hormonas o el clima. Estar es estado: cómo nos encuentra el día, el espejo o la báscula.

    Y así vamos, haciendo equilibrio entre los dos: soy fuerte, pero hoy estoy que no me hablen. Soy agradecida, pero estoy al borde del colapso. Soy luz, pero estoy con cara de eclipse.

    Porque la vida no pide que seamos felices todo el tiempo… solo que estemos presentes. Que estemos, incluso cuando no tengamos buena cara. Que seamos, incluso cuando todo afuera se desordena.

    Pero no solo sentimos distinto. También andamos distinto.

    En inglés, con un simple for, resuelven propósitos, razones, excusas y motivaciones. Un for y listo. Sin dilemas gramaticales, sin tanto drama.

    Pero claro, nosotros no. Nosotros necesitábamos dos: por y para. Porque no es lo mismo hacer algo por amor que hacerlo para el amor.

    Por habla del camino: de las razones, los impulsos, los días en que seguimos andando sin saber muy bien por qué. Para mira al destino: los sueños, las metas, ese lugar al que ojalá lleguemos sin perder la risa.

    Y ahí vamos también, tratando de traducirnos: haciendo ejercicio por salud, pero también para caber en los jeans; trabajando por necesidad, pero para sentirnos capaces; viajando por curiosidad, pero para encontrarnos; amando por costumbre, pero ojalá siempre para vivir bonito.

    Porque los idiomas no solo comunican lo que pensamos, también interpretan cómo sentimos. Son más que contexto: son una forma de mirar el mundo, de explicarnos, de encontrarnos… y de perdernos un poco también.

    Al final, vivir en español es aceptar que no todo se traduce, y que tal vez ahí esté la magia. Que no hay que elegir entre ser o estar, ni entre por o para.

    Vivir ligera no es hablar perfecto, sino sentir profundo. Es moverse con gracia entre lo que somos y cómo estamos, entre lo que nos impulsa y lo que nos inspira. Es ser esencia. Estar presente. Andar por lo que fuimos. Y seguir para lo que queremos ser.

    por amor, por salud, por café ☕

    para reírme, para seguir.

    vivir ligera, siempre que se pueda.

  • Encendí una vela. El aire tenía esa quietud que solo aparece cuando algo en ti sabe que está a punto de entender.

    Cerré los ojos. Por un instante, dejé de pensar y empecé a escuchar. No el ruido del día, ni la voz de la mente, sino ese murmullo suave que habita debajo de todo: el alma cuando se atreve a hablar.

    Dijo que nací con la elegancia del aire y la fuerza del fuego. Que dentro de mí conviven el abrazo y la estructura, la ternura que cuida y la sabiduría que construye. Que he sido refugio muchas veces, sostén invisible, casa emocional para otros. Pero que en esta vida, no vine a cargar —vine a florecer.

    La llama titilaba y el alma siguió hablando:

    “Tu ternura no se mide por lo que sostienes, sino por la luz que proyectas. Ya cumpliste con ser abrigo; ahora sé brisa. Inspira, no absorbas. Acompaña, no te disuelvas.”

    Sentí el calor del fuego dentro de mí, como si cada palabra encendiera un recuerdo. Recordé las veces que corrí a curar, las que me quedé sin aire tratando de que todos estuvieran bien. Y en ese silencio entendí: sanar también es detenerse.

    El alma me mostró mis dones como espejos: la Luna de la sanadora veloz, el Sol de la artista que embellece el mundo, la que equilibra lo visible y lo invisible. Todo lo que siempre creí “detalle” era, en realidad, mi manera de rezar.

    “Tu camino no es la renuncia”, dijo, “sino la alquimia. Convertir el caos en forma, la emoción en obra, el amor en estructura. Por eso escribes, decoras, cuidas: porque cada acto de belleza es tu oración.”

    Respiré más lento. Sentí que ya no necesitaba reparar, solo amar. Que mi fuego podía encender sin consumir. Que mi dulzura podía ser raíz, no refugio.

    El alma cerró su voz con ternura:

    “Quédate en los lugares que te nutren. Da sin perderte. Di ‘yo también merezco descanso’. Eso también es espiritualidad.”

    Abrí los ojos. La vela seguía ardiendo, igual de calma. Supe entonces que todo lo que he vivido —las cargas, las caídas, las transformaciones— me habían traído aquí: a este instante donde la sensibilidad se convierte en propósito.

    Me quedé unos segundos más, sintiendo gratitud. La habitación olía a flor y silencio. Y comprendí, en un suspiro, que vivir ligero no es soltar cosas, sino pesos invisibles.

    Hacer visible lo invisible.

    Eso era.

    Eso soy.

  • Yo no soy fan de cocinar. No me relaja, no me inspira, no me conecta con mi energía femenina ancestral. No me gusta oler a cebolla, no me gusta el reguero y odio profundamente cuando digo “es algo sencillo” y termino fregando como si hubiera alimentado a un batallón. Pero cuando cocino, lo hago con amor. Y ahí empiezan los problemas. Quizás porque desde el inicio estoy decidiendo que el otro tiene que recibir el amor y el trabajo, sin importar el resultado.

    Porque para un buen sofrito —según la humanidad entera y todas las abuelas del Caribe— hay que empezar con lo básico: cebolla, ajo, ají gustoso, cilantro, aceite. Y siempre hay ese momento en que una, sin receta ni permiso, le echa “un chin más” de algo, convencida de que esta vez sí va a quedar perfecto. No siempre queda, pero una insiste. El orden importa: primero la cebolla, hasta que se pone transparente, ese momento engañoso donde una piensa “mira qué bien me está quedando esto”. Luego el ajo, con cuidado, porque si se quema amarga todo, como cuando uno dice “no es nada” y se te está derrumbando el mundo por dentro. Después el ají gustoso, que no pica pero avisa; el cilantro, que perfuma el aire y te hace sentir competente por cinco minutos; y el aceite, que lo une todo y te da falsa seguridad.

    El problema es que mientras mueves el caldero, una se pone filosófica y ahí es donde la vida mete la cuchara. Porque sin darte cuenta, le echas el mismo sofrito a todo: a la comida, a la gente, a las relaciones, a los planes. La misma intención, la misma receta, el mismo “yo hago esto con amor, así que debería funcionar”. Y la realidad es que no siempre funciona. La cebolla sigue siendo cebolla, y el amor no neutraliza alergias emocionales del que no soporta la cebolla.

    Pero otras veces pasa lo contrario. Como ayer, que hice una crema de vegetales con pollo, de un color indefinido entre verde y beige, de esos que no invitan pero piden confianza. A la primera cucharada dijo “así está bien”, ese “así está bien” que suena a educación más que a entusiasmo. Yo lo acepté en silencio, hasta que repitió. Y ahí entendí que no todo lo que se ve raro sabe mal, y que a veces el sofrito funciona aunque una no apueste ni por él.

    Y en ese ir y venir entre el fracaso y la sorpresa, una aprende que no todo se cocina igual, no todo se sazona igual y no todo el mundo quiere cebolla, aunque tú la sofrías perfecto. La magia de un buen sofrito —y de una buena vida— está en saber cuándo cocinar con amor y cuándo preguntar primero: “¿Tú comes cebolla?”. Porque a veces amar también es cambiar la receta, aceptar el fracaso y pedir pizza. Y sí, uno aprende más moviendo el caldero que leyendo el manual, porque mi sofrito no tiene siempre que gustarle al otro.

  • Dicen que uno mejora con los años. Que el tiempo pule, que la vida enseña, que los años traen sabiduría. Suena bonito. Casi tranquilizador. Pero no todo mejora solo por esperar. Ni todo lo que envejece se vuelve valioso.

    Un vino, para envejecer bien, primero tuvo que ser bueno. Y un vino joven, cuando es bueno, no se guarda: se disfruta a tiempo. Hay cosas que solo se viven bien cuando están frescas. La energía, el cuerpo ligero, la imprudencia, esa sensación de invencibilidad que no pide permiso ni piensa en consecuencias.

    Después vienen otras notas. Más profundas. Más complejas. Vienen también los achaques, las hormonas que ya no negocian igual, la acidez estomacal que aparece sin invitación y una conciencia más clara de lo que cuesta todo. No es peor. Es distinto.

    Los años no garantizan sabiduría, madurez ni gracia. Solo garantizan que pasó el tiempo. Lo que marca la diferencia es cómo lo viviste. Cómo te fermentaste. Con qué experiencias te mezclaste. Qué partes tuyas cuidaste y cuáles dejaste respirar.

    Porque no todas las arrugas vienen con historia, y no todo lo viejo es valioso. A veces solo es viejo. Y no se convierte en vintage.

    Por eso hoy no celebro los años como una medalla automática. Celebro haber sabido disfrutar lo joven y aprender a habitar lo que vino después. Y si me vas a comparar con un vino, que sea uno con carácter, con notas intensas. Uno que al principio te haga fruncir el ceño, pero luego te deje pensando.

    Uno que no se toma a la ligera. Uno que nunca fue barato, ni cuando era joven. Que el paso del tiempo no me ablande ni me endurezca. Que solo me vuelva más sabrosa.

  • En estos tiempos modernos, criar un hijo no empieza con el primer llanto, sino con el primer reel. Porque claro, ¿cómo vas a saber si tu bebé tiene hambre, sueño o solo te está manipulando emocionalmente si no ves antes un video de tres minutos?

    ¡Por favor!

    El otro día oí a una mamá jovencita decir que su bebé claramente estaba haciendo el “sonido ‘Neh’ de hambre”, porque lo vio en un TikTok de una australiana que, según ella, descubrió los cinco sonidos universales de los bebés. ¡Los CINCO sonidos! Ni uno más ni uno menos. Como si los bebés vinieran con manual… y el manual estuviera en inglés, con subtítulos mal sincronizados.

    Y yo pensé:

    Ay, mijita, en mis tiempos no hacíamos un doctorado en traducción de llanto. Uno lo alzaba, le daba teta, lo arrullaba, o lo pasaba a la tía o a la abuela que tenía un don para dormir bebés cantándoles hasta el himno nacional.

    Le conté todo esto a Patricia —mi socia en la risa y en el drama de ser abuelas— y terminamos dobladas de la risa.

    “¡Tenemos que hacer nosotras esos TikToks!”, dijo.

    Y yo le contesté: “¿Qué tal si nos convertimos en las abuelas influencers?”

    Y ahí se nos ocurrió:

    ¿Y si empezamos nuestra propia cuenta de TikTok?

    No para hacernos famosas (aunque, ojo, con esta gracia natural podríamos ser virales), sino para devolverle al mundo algo que se está perdiendo: el instinto, el humor y esa sabiduría ancestral transmitida de madre a hija, de vecina a cuñada, de señora en la fila del supermercado a cualquiera que la quiera oír…

    y un poco también, para que nos hagan caso.

    Porque antes, uno no criaba en soledad. Teníamos una tribu.

    No había que ver reels para saber si un niño estaba congestionado: se le daba un masajito, se le sobaba la espaldita, o se le pedía a la tía Alice que hiciera su ritual mágico con Vick Vaporub, y listo.

    Se solucionaba en grupo, con risas, con historias, con cafecito en mano.

    Ahora, si no sigues el reel de la “mamá consciente minimalista con voz robótica”, sientes que lo estás haciendo mal.

    Como si lo instintivo estuviera pasado de moda.

    Como si el algoritmo supiera más que el corazón.

    No me malinterpreten: no estoy diciendo que antes todo era mejor. Hoy hay muchísima más información, ciencia y conocimiento sobre la crianza. ¡Y eso está buenísimo!

    Lo que pasa es que a veces hay tanta, pero tantaaa, que parece que si no lo viste en un reel, estás criando mal.

    Y no es que las mamás de hoy no tengan instinto. Al contrario. Tienen, y del bueno.

    Pero entre tanta voz externa, entre tantos videos y tanto exceso de información, a veces les cuesta escuchar su propia voz.

    Y ahí es donde entramos Patricia y yo, como ese recordatorio de que también vale la pena escuchar a la abuela, a la tía… o al corazón.

    Patricia y yo no estamos de acuerdo con la idea de que todo se soluciona con la opinión “de un experto”.

    Por eso decidimos que nuestro primer video se va a llamar:

    “Cómo saber si tu bebé tiene hambre: lo cargas, le ofreces teta. ¿Se la come? Tenía hambre. ¿No? Pues no tenía hambre. ¡Gracias por ver nuestro video, por favor denle like y suscríbanse a nuestro canal!”

    Así que prepárense, porque el dúo dinámico —Patricia y yo— viene con todo.

    Y si nuestras hijas quieren seguir mandando reels para explicar cómo se baña un bebé, nosotras les vamos a contestar con un TikTok hecho en bata y rolos:

    “Así se crió a una generación entera sin internet… y mírala: bien criada.

    Y no tiene ningún trauma que un par de terapias no puedan arreglar.”

  • Empezó el año.

    Y, como cada vez que empieza algo, parece que todo debería redefinirse: la rutina, la alimentación, el vínculo con el cuerpo, el trabajo, los afectos, el armario. Todo, de nuevo. Solo que ahora con intención. Y propósito. Y consciencia.

    Sinceramente, no sé bien por dónde empezar. Me pasa todos los eneros. Pero este, en particular, vino con un poco más de presión simbólica. Leí por ahí que 2026 es el año del “reseteo galáctico”. Una especie de gran actualización energética, como si fuéramos celulares que necesitan reiniciarse y volver a cuando salimos de la caja… pero, ¿y toda la información, las fotos, los mensajes de WhatsApp? ¿Qué va a pasar con esos archivos?

    Leí también lo que le espera a mi signo este año. Me pareció un poco ambicioso.

    Dice que tengo que abrirme a la vulnerabilidad, sostener la visión a largo plazo, fluir con cambios y, al mismo tiempo, simplificar mi vida. ¿Se puede todo eso al mismo tiempo? ¿A partir de qué día arranca el cambio? Porque por ahora sigo igual.

    Será porque solo es día 6, o porque un día como hoy mami dejó de estar con nosotros… y todavía mis ganas de abrazarla no lo aceptan.

    Y además, ¿esa predicción aplica igual para mi chiquitica hermosa, que acaba de nacer, que para esta señora que es su Abú? ¿Para la que quiere encontrar novio o casarse, que para la que tiene 32 años de casada?

    Porque, no sé, siento que “fluir con los cambios” no significa lo mismo para todas.

    Me da ternura y gracia cómo arrancamos los años con tanta solemnidad.

    Con frases del tipo “nuevo ciclo, nueva yo”.

    Y, al mismo tiempo, seguimos siendo la misma persona que dejó cosas sin cerrar, mensajes por responder, agenda vacía y una lista mental de pendientes.

    No digo que esté mal. De hecho, me parece lógico.

    Es difícil arrancar algo cuando todavía estamos terminando lo anterior.

    Enero tiene un ritmo raro. Un cuerpo cansado del año que pasó, una mente acelerada por todo lo que “debería” pasar, y esa expectativa flotante de que ahora sí vamos a ser nuestra mejor versión.

    Yo, por mi parte, no tengo grandes planes todavía.

    No hice lista de metas. No descargué ningún planner.

    Estoy intentando no colapsar por tantas expectativas externas disfrazadas de motivación.

    Estoy tratando de escucharme, aunque sea de a ratitos, entre tanto ruido.

    Y sí, sé que la mayoría, hoy en día, cuando tenemos preguntas se las hace a ChatGPT.

    Pero, por más avanzada que sea la tecnología, las preguntas importantes siguen siendo las mismas.

    Y ninguna IA tiene una respuesta.

    Esas respuestas las tenemos que encontrar en nosotros mismos.

    Así que este año, por ahora, elijo no forzar ningún reseteo.

    Capaz no necesito reiniciarme. Capaz solo necesito dejar de actualizarme un rato.

    Cerrar algunas pestañas mentales. Ordenar lo que tengo. Comer caliente. Dormir bien.

    Y escribir, aunque no tenga nada muy claro para decir.

    Si el universo tiene un plan para mí este 2026, quiero ir descubriéndolo por mí misma.

    Despacio.

  • ✨ Cierre de año, mi último post del 2025.

    Cuando miro estos últimos meses, me doy cuenta de algo: esto no fue un tramo ligero. Fue una vida entera condensada.

    Para muchos, unos meses son poco. Para mí, fueron carretera, vuelos, baby showers, maletas, horarios, cocinas prestadas, casas que no eran mías y que volví hogar, mudanzas dentro de mudanzas, seguirme ocupando de mis responsabilidades, internamiento, frio, cansancio, dolor en el brazo y el pulso constante de estar disponible.

    Hice de todo. Lo cotidiano y lo extraordinario. Como si nada. Como si fuera fácil.

    Y quizás ahí está el punto: como soy fuerte, como me adapto rápido, como sonrío, decoro, envuelvo regalos bonito y siempre tengo el teléfono del contacto que se necesita, desde fuera parece que siempre vivo ligera. Que paso del sofrito al fregado, de ahí a la mesa linda, a la compra, a la envoltura impecable, y sigo… sin cansarme.

    Pero la verdad es otra: me canso. Me duele el cuerpo. Me pesa el alma a ratos. Solo que he entrenado el músculo de seguir.

    Y aun así, no lo vivo como suerte. Ni como que “yo pude con todo”. Lo vivo como manto. Como cuidado. Como Fe que me sostuvo cuando yo solo seguía caminando.

    En medio de todo eso estuvo Emma. Desde la presencia: llegar cada día, sostener a Gaby, amar a mi chiquitica, guardar en el corazón cada gesto, cada respiración nueva.

    Y estuvo Nicole. Volver a verla florecer en amor. Mirar cómo se cuidan, cómo se eligen, mis queridos guanabanitos. Esa alegría que no pesa, pero sí ocupa espacio en el pecho.

    Y estuvo la falta de mami. No como una nostalgia suave, sino como una ausencia que duele. Como algo que no se acomoda. Que no se vuelve ligero. Porque hay cosas —como una madre— que no vinieron para aprenderse a soltar.

    Este cierre de año no lo vivo como descanso, sino como conciencia. La de darme cuenta de cuánto sostuve. La de reconocer que esto que para mí es “normal”, para muchos sería demasiado.

    Aprendo que no tengo que demostrar que puedo con todo. Ya lo sé. Lo he hecho. En casas prestadas, en carreteras, en cocinas que no son mías.

    El autocontrol que hoy quiero practicar no es para exigirme más, sino para parar a tiempo. Para no decir sí a todo. Para escuchar el cuerpo. Para aceptar ayuda. Para elegir.

    Siento en mi corazón gratitud por Emma y por Gaby, por dejarme entrar tan dentro de su nido.

    Gratitud por Nicole y ese amor que la expande.

    Gratitud por cada encomienda que me dieron y que sostuve con gusto: llevar, cocinar, lavar, planchar, dar masajitos con crema, decorar, cuidar, organizar… porque aunque cansan, me recuerdan que soy necesaria y útil en la vida de mis hijas. Y eso también me hace feliz.

    Gratitud por lo que dolió y no me rompió.

    Por lo que me cansó y no me apagó.

    Cierro el año no diciendo: “qué fácil fue”, sino: “qué mucho hice.”

    También reconozco: ya no quiero hacerlo todo sola.

    Y vivo con la conciencia de que vivir ligera no es un sitio donde ya llegué.

    Es una meta a la que sigo aspirando.

    Gracias por leerme, por acompañarme y por estar.

    Nos reencontramos en 2026.

    ✨💛