• No todo pasa por algo. Y repetirlo como consuelo no lo hace más cierto.

    Mientras veía las imágenes que llegan desde Venezuela, no podía dejar de pensar en esa frase y en lo distinta que suena cuando el dolor todavía está ocurriendo.

    Siempre me ha incomodado. Entiendo por qué la decimos: a veces nace del deseo sincero de aliviar a alguien. Pero hay momentos en los que no consuela, sino que duele. Suena a una explicación demasiado rápida para algo que aún no se comprende, como si todo fuera inevitable y solo quedara aceptarlo.

    Recuerdo la primera vez que alguien me la dijo en un momento en que apenas podía respirar. Y pensé: si esto tenía que pasar… entonces el mundo es un lugar muy cruel. Porque no. Hay cosas que nunca debieron pasar.

    Hay experiencias que no enseñan nada mientras ocurren. Hay pérdidas sin explicación e injusticias que dejan vacío, rabia e impotencia. Nos rompen. Y durante un tiempo, eso es todo.

    Por eso, a veces esa frase no ayuda. Parece querer cerrar algo que todavía necesita tiempo.

    No creo que todo pase por algo. Lo que sí creo es que podemos hacer algo con lo que nos pasó. Podemos resignificar. Podemos decidir que el dolor no tenga la última palabra. Y eso casi nunca ocurre rápido. Hay heridas que tardan años en convertirse en algo que podamos mirar sin rompernos otra vez.

    Si perdemos a alguien que amamos, podemos elegir vivir una vida que honre su memoria. Si fuimos traicionados, podemos decidir no traicionar. Si fuimos abandonados, podemos comprometernos a quedarnos. Si sentimos la humillación, quizás aprendamos a tratar con más dignidad a los demás. No porque eso tenía que pasarnos, sino porque elegimos que el dolor no defina quiénes seremos después.

    Hay una diferencia enorme entre encontrar un propósito y justificar una tragedia. Haber encontrado sentido después no convierte la tragedia en necesaria.

    No elegimos lo que nos hiere. Pero todavía podemos elegir qué lugar ocupará esa herida en la historia de nuestra vida.

    No todo pasa por algo. Hay cosas que jamás deberían pasar. Pero incluso cuando el mundo parece romperse, todavía podemos decidir que el dolor no tendrá la última palabra: podemos ser quienes, aun con las manos temblando, vuelven a encender la luz.

  • Hay personas con las que uno imagina el futuro. No como pareja. Como testigos.

    Personas que uno cree que estarán para siempre en los cumpleaños, en las graduaciones, en las fotos familiares, en los funerales, en los nacimientos de los nietos.

    Y un día descubre que la vida tenía otros planes. Como si dos personas estuvieran en un mismo barco y una tormenta partiera el barco por la mitad. No se pelearon. No se eligieron menos. Pero cada una terminó en una orilla distinta.

    No hubo necesariamente una traición. Ni una pelea. Ni siquiera una despedida clara. Solo una historia que tomó otro camino. Y duele. Porque cuando muere una amistad solemos tener permiso para llorarla; pero cuando una amistad queda suspendida, viva pero inaccesible, nadie nos enseña qué hacer con eso.

    Porque no solo se pierde una persona. Se pierde el futuro, la complicidad y el apoyo que habíamos imaginado que tendríamos con ella. Se pierde la persona que imaginábamos sentada en la mesa de Navidad dentro de veinte años. La que pensábamos que conocería a nuestros nietos. La que estaría en la foto de los ochenta cumpleaños. La que iba a entender las referencias de una vida compartida sin necesidad de explicaciones.

    Hay personas que se entrelazan tanto con nuestra vida que dejan de ocupar un lugar específico. Ya no son solamente amigas. Forman parte de la familia, de las tradiciones, de las mesas compartidas, de los viajes repetidos y de las historias que contamos cuando hablamos de cierta etapa de nuestra vida. Y cuando algo cambia, no siempre sabemos exactamente qué fue lo que perdimos.

    Porque a veces no extrañamos solamente a la persona. Extrañamos también todo lo que venía con ella. La familiaridad. La certeza de que estaría ahí para el próximo capítulo. La versión del futuro que habíamos construido sin darnos cuenta.

    Quizás por eso hay vínculos que se niegan a desaparecer del todo. Se quedan viviendo en los bordes. En una foto que aparece de repente. En una anécdota que alguien cuenta durante una cena. En una conversación donde surge un nombre que hacía tiempo no escuchábamos.

    Hay nombres que todavía aparecen en mi cabeza cuando imagino ciertos momentos del futuro, aunque hace años que ya no forman parte de mi vida cotidiana.

    Quizás no vamos a tener la oportunidad de envejecer juntos como alguna vez pensamos. Pero tampoco desaparecen.

    Hay personas que dejan de caminar a nuestro lado y pasan a vivir en nuestra historia. Ya no forman parte de nuestro presente, pero siguen habitando lugares a los que volvemos de vez en cuando: una fotografía, una historia que alguien cuenta, una etapa de nuestra vida.

    Y quizás esa también sea una forma de quedarse.

  • Hace un tiempo escribí sobre cómo en español no nos bastó un solo verbo para existir. (Inspirada por @carmenamoresrv y aquel post de Vivir en español). Ahora, escuchándola otra vez, descubrí algo más: tampoco nos bastó con la realidad que conjuga el indicativo, y entonces apareció el subjuntivo. Que en su momento en el colegio pensé que era una maldad de los profesores para complicarnos la gramática (perdón doña Diana); pero que ahora entiendo que vino a abrirnos un espacio para todo lo que todavía no existe.

    Y por primera vez creo que lo entiendo… y hasta le agradezco que exista.

    Porque hay momentos donde “lo que es” pesa demasiado.

    Pero nosotros no vivimos solo ahí.

    Vivimos también en lo que deseamos, tememos, imaginamos, sospechamos y esperamos. En esas conversaciones que adelantamos solos en la cabeza. En las noticias que todavía no llegan. En las cosas que ojalá salgan bien. En aquello que todavía no podemos tocar… o que quizá nunca llegue a existir. Y es curioso pensar que gran parte de nuestra vida emocional ocurre precisamente ahí: en tiempos verbales que no son del todo reales.

    Los padres vivimos ahí, imaginando futuros para hijos que todavía ni entienden el mundo. Los enamorados vivimos ahí. Los ansiosos, ni se diga. Los que tienen fe viven ahí también. Los que esperan resultados, respuestas o señales. Vivimos entre ojalás, quizás, aunque y tal vez.

    Cuando la realidad dice: “este es el diagnóstico”, la esperanza responde: “ojalá que mejore”. Y ese pequeño cambio verbal no altera inmediatamente los hechos. No cambia el diagnóstico. Pero sí transforma la manera en que atravesamos la situación.

    Porque hay momentos donde el alma no puede vivir solamente en presente. Necesita asomarse un poco a la esperanza.

    Y quizá por eso ahora lo veo distinto. Porque el subjuntivo termina siendo mucho más que una estructura gramatical. Es casi el idioma interno de la fragilidad humana. El lugar donde viven las cosas que todavía no sabemos si van a doler o sanar. Lo que quisiéramos decir. Lo que tememos perder. Lo que todavía esperamos. Lo que imaginamos cuando rezamos. Lo que repetimos en silencio mientras esperamos una llamada, una noticia o una respuesta.

    El indicativo nombra la realidad. El subjuntivo, a veces, nos ayuda a respirar dentro de ella.

    Porque “ojalá” no cura. Pero a veces es lo único que uno tiene mientras espera. Y también nos recuerda que un mal momento va a terminar, que hay más de un final posible para lo que nos pasa.

    Tal vez por eso el ser humano nunca ha sabido vivir únicamente dentro de lo definitivo. Necesitamos espacio para la duda, para la posibilidad, para la esperanza. Para todo aquello que todavía no tiene forma completa… pero ya existe dentro de nosotros.

    Porque antes de que muchas cosas existan afuera, primero existen adentro: como deseo, como miedo, como oración, como esperanza.

  • Después de escribir en mi blog desde agosto del año pasado, por primera vez dejé de publicar durante varias semanas. Aun teniendo textos escritos que solo necesitaban que les diera al botón de publicar.

    Y dos cosas pasaron al mismo tiempo: no pasó nada y pasó algo.

    No pasó nada porque el mundo siguió girando. No se cayó el blog. No desaparecieron los lectores. No perdí mi voz. No me convertí en una persona que abandona proyectos. Todo ese miedo que a veces acompaña una pausa no se materializó.

    Pero pasó algo porque la ausencia dejó una huella. Gente preguntó, gente notó, gente esperó. Y eso, aunque parezca pequeño, no se sintió pequeño para mí.

    Al principio, cuando empecé a publicar, sentía que estaba hablando en una habitación vacía. Varias semanas sin publicar me demostraron que no. Hay personas que ya hicieron un pequeño espacio para mí en su rutina. No porque les deba un post cada martes, sino porque les gusta cuando aparezco. Y eso es diferente.

    Quizás una parte de mí necesitaba comprobar algo: “Si dejo de publicar, ¿importa?”. Y la respuesta parece haber sido: “Menos de lo que yo temía… y más de lo que yo pensaba.”

    No una importancia gigantesca. No una estatua en una plaza. Algo más sencillo. Como una puerta que uno está acostumbrado a encontrar abierta y cuya ausencia nota el día que permanece cerrada.

    Y quizás eso me hizo comprender que Viviendo Ligera no es solo un lugar donde yo escribo, sino un lugar donde algunas personas pasan a visitarme. Y cuando la puerta no abrió un par de martes seguidos, algunos se quedaron mirando y pensando: “Qué raro… hoy tampoco abrió.”

    Y fue ahí cuando pensé en algo que va mucho más allá de un blog. Porque esto no solo pasa con los espacios que creamos. También pasa con las personas.

    La mamá que llama todos los días, la amiga que siempre organiza, la vecina que saluda, la persona que escucha, el compañero que resuelve. Como siempre están, terminan formando parte del paisaje. Dejamos de notarlas. Hasta que un día faltan. Y entonces descubrimos que ocupaban más espacio del que imaginábamos.

    Al final, quizá la importancia de una presencia no se mide por el ruido que hace cuando llega, sino por el silencio que deja cuando no está.

    Y por eso, después de estas semanas, me alegra volver a abrir la puerta. Porque descubrí que del otro lado había gente esperando.

  • Hoy pienso en el peligro de engancharnos en la vida de vitrina… la que enseñamos, la que otros ven, la que a veces hasta nosotros mismos terminamos creyendo completa.

    Y claro, si miro mis últimas semanas desde afuera, suenan como una película bastante bien editada: Turquía, Croacia, Montenegro, Grecia, Italia, viñedos, cenas bonitas, ruinas antiguas, mares azules, pueblos que parecen sacados de una postal. Fotos donde una aparece sonriendo, con el pelo más o menos en su sitio, como si viajar fuera solamente caminar por calles hermosas, probar vinos y descubrir lugares nuevos.

    Todo eso pasó. Es real. Pero también es verdad que eso no fueron mis semanas completas.

    Porque entre una foto y otra… hubo vida. Hubo cansancio. Hubo maletas mal cerradas. Hubo madrugadas. Hubo aeropuertos eternos. Hubo baños buscados con urgencia en lugares históricos. Hubo días en que el cuerpo ya no quería otra ruina, otro tour, otra explicación, otra escalera, otro “solo caminamos diez minutos más”.

    Hubo momentos preciosos, sí. Pero también hubo momentos en los que yo no tenía nada interesante que contar… y aun así estaba pasando todo.

    Esos momentos brillan. Y por eso los guardamos, los mostramos, los recordamos. Pero la vida no ocurre ahí. O no solamente ahí. Y entonces pasa algo peligroso: empezamos a comparar nuestra vida completa con los momentos editados de otros, y hasta de nosotros mismos. Estamos comparando procesos con resultados. Días enteros con segundos elegidos.

    Y ahí está el engaño. No en que lo que vemos sea mentira… sino en creer que eso es todo.

    Pero hay algo más que también pasa, y de eso casi no hablamos. Cuando mostramos esos momentos, los otros empiezan a construir una versión de nosotros. Más ordenada. Más clara. Más resuelta. “Ella sabe.” “Ella puede.” “Ella encuentra la forma.” Y lo dicen bonito, y hasta con buena intención… pero a veces pesa más de lo que parece.

    Porque yo dudo. Me canso de resolver. Se me bota el café. Se me pierde algo en la maleta. Se me seca la mata que tanto cuidé. Se me mancha la blusa favorita. Me desvelo en la noche. Sobrepienso mis problemas… y los de todo el mundo. Quiero dar… y a veces no hay quien reciba. Y sí, meto la pata cada vez que doy una opinión.

    Pero como ven la versión organizada, nos colocan, o nos dejamos colocar, en un lugar donde ya no cabemos completos.

    Porque detrás de la foto bonita también hay una mujer cansada, despeinada, confundida a ratos, buscando el cargador, contando las horas de sueño, preguntándose si de verdad tenía que empacar tanto, y tratando de recordar dónde dejó la paciencia.

    Y no digo esto para quitarle valor a lo bonito. Al contrario. Lo bonito también hay que celebrarlo, guardarlo y agradecerlo. Pero no podemos usarlo como prueba de que alguien tiene la vida resuelta. Ni convertir nuestras propias fotos en una jaula.

    No somos responsables del pedestal donde el otro decide ponernos. Ni de sostener una versión editada de lo que somos.

    Porque vivir ligero… también es eso. Bajarse de la vitrina. Del personaje. De la expectativa. Y volver a ese lugar donde la vida no siempre brilla… pero sí es donde la vida pasa.

  • Hay una parte del viaje que no está en el itinerario. No te la cuenta el guía, ni aparece en los libros de historia. Es la parte donde el lugar en el que estás empieza a hacerte pequeños comentarios al oído… sin pedirte permiso.

    En Grecia, yo llegué lista para filósofos, columnas y esa sensación de “aquí nació todo”. Y sí… pero no solo es eso. Los burros que hoy viven en imanes de nevera, postales y recuerdos de turistas, fueron durante siglos el transporte que hacía posible la vida entre montañas. En Olimpia, los atletas cruzaban un túnel vestidos y salían del otro lado sin nada: ni ropa, ni títulos, ni excusas. Competían así, como diciendo que ahí no vienes a demostrar lo que tienes, sino lo que eres.

    Y cuando ya tú crees que estás entendiendo Grecia, aparece la Grecia de hoy. Menos mármol, más realidad. Menos mito, más factura, política y económica. Gente amable que te saluda “kalimera”, que te conversa… y que reconoce República Dominicana por la serie de TV Survivor.

    Pero el viaje no se queda quieto.

    En Montenegro, la carretera decide participar. Una de esas calles donde no caben dos carros, con curvas que obligan al autobús a echar reversa con una fe que no viene incluida en el boleto. El paisaje es espectacular, pero no apto para quien le tenga respeto a las alturas. Frente al museo del rey Nikola I Petrović-Njegoš está la iglesia que guarda las manos de San Juan Bautista, y ahí, escuchando sobre reliquias, entendí algo por primera vez: a los santos los dividían. Otra vez aparece esa incomodidad difícil de acomodar: la devoción también pasó por partir lo sagrado en pedazos, repartir un cuerpo para multiplicar su presencia, como si la fe también hubiera tenido que resolver logística. Y por si fuera poco, en ese mismo país descubres que al rey Nikola le decían el “suegro de Europa”, porque casó a sus hijas con media realeza europea. Ni los mejores algoritmos de citas han logrado tanto.

    Después llegamos a Dubrovnik y el mundo vuelve a hacer de las suyas. Estás mirando techos de tejas, todos perfectos, y alguien comenta, como quien no quiere la cosa, que antes las hacían las mujeres usando sus muslos como molde. Y ya, se acabaron los techos: ahora ves piernas, barro, calor, repetición… vida. Entiendes que la historia no siempre se escribió con tinta; a veces se moldeó. La guía cuenta que mucha gente reconoce la ciudad por Game of Thrones, y que incluso le han preguntado qué van a hacer con las murallas cuando terminen las filmaciones. Y ahí el mapa se dobla un poco, porque lo moderno se reconoce más fácil que lo antiguo, y porque no es solo lo que los lugares fueron, sino lo que ahora significan, dependiendo de quién los mire.

    Nada de esto, por separado, parece gran cosa. Pero junto hace algo. Te mueve, te desarma un poco esa idea cómoda de que el mundo siempre fue como tú lo entendías, y te deja con una sospecha incómoda pero fascinante: que así como hoy miramos atrás y pensamos “¿cómo podían vivir así?”, algún día alguien va a mirarnos a nosotros con exactamente la misma cara.

    Viajar no es solo ver lugares. Es darte cuenta de que estabas mirando demasiado simple.

  • (y eso no le quita la magia)

    Hay una versión muy editada de los viajes que aparece por todas partes.
    Si quieren ver esa, pasen por Instagram a @josy_y_tommy. Ahí encontrarán fotos hermosas… y bastante postureo.

    La foto bonita.
    La mesa perfecta.
    El atardecer exacto.
    La pareja sonriente caminando como si nadie sudara, se desubicara, tuviera sueño o necesitara sentarse cinco minutos después de pisar demasiados siglos de historia.

    Y luego está el viaje real.

    El de despertarse temprano cuando el cuerpo todavía no entendió en qué país amaneció.
    El de caminar fascinada… y agotada.
    El de querer verlo todo mientras los pies amenazan sindicato.
    El de comer delicioso con la espalda pidiendo tregua.
    El de emocionarse frente a unas ruinas milenarias… y después salir buscando un baño con disciplina olímpica.

    Viajar también cansa.

    Cansa decidir.
    Empacar y desempacar.
    Orientarse.
    Madrugar.
    Adaptarse.
    Compartir espacios pequeños.
    Cambiar de cama, de horario, de moneda, de idioma… y a veces de humor.

    Y sin embargo, qué cosa tan mágica sigue siendo.

    Una puede estar cansada y agradecida al mismo tiempo.

    Extrañar su casa mientras descubre otra. Extrañar la casa también me recordó un texto viejo: Me estoy convirtiendo en casa para mí misma.
    Necesitar silencio en medio de tanta belleza.
    Querer descansar… sin perderse nada.

    No todo lo valioso llega envuelto en comodidad.

    También pasa con la maternidad.
    Con el amor.
    Con acompañar a quienes queremos.
    Con construir algo propio.
    Con crecer.

    Hay experiencias que pesan un poco mientras ensanchan la vida.

    Quizás el problema no es el cansancio.
    Es que nos vendieron la idea de que lo bueno debía sentirse siempre ligero.

    Y no.

    Hay alegrías que cansan.
    Hay privilegios que requieren energía.
    Hay días hermosos que terminan con los pies hinchados.

    Este viaje me lo está recordando:

    Que la fatiga no cancela la belleza.
    Que el esfuerzo no borra el privilegio.
    Que necesitar una pausa no significa falta de gratitud.

    Quizás vivir ligera no es vivir sin peso.

    Es saber cuáles cargas ensanchan la vida…
    y llevar esas con gusto.

  • Estoy haciendo maletas para un viaje que me tiene emocionada: Turquía, Grecia, Montenegro, Dubrovnik e Italia. Pero, al mismo tiempo, siento que el mundo anda raro.

    Ninguno de los países a los que voy está en conflicto —por ahora—, pero ya he entendido que ese “por ahora” es una frase delicada y frágil.

    En estos días leía sobre algo que se menciona mucho últimamente: el Overview Effect. Es esa experiencia que describen los astronautas cuando ven la Tierra desde la distancia; sin fronteras ni divisiones, solo una unidad. Pensaba en lo distinto que se ve todo desde esa altura; cómo se disuelven las urgencias, las fronteras, las peleas y las certezas.

    Pero luego una baja a tierra.

    Y abajo nos esperan las noticias, las tensiones y los problemas. También aparece la tentación de sentir que todo es nuestro, que todo nos corresponde, y que tenemos la obligación de procesarlo, entenderlo y sostenerlo.

    Y no.

    No todas las batallas son nuestras batallas. No lo digo desde la indiferencia, sino desde la conciencia de que, si intento cargar con todo, termino sin estar realmente presente en nada. Yo no puedo cambiar el mundo entero, pero sí puedo estar para lo que me toca: para mi gente, para lo que tengo cerca, para lo que sí puedo cuidar, acompañar o transformar, aunque sea algo pequeño.

    Quizás eso es lo que cambia cuando una toma distancia —aunque sea mental—: que empieza a distinguir mejor qué le corresponde y qué no.

    Así que me voy.

    Me voy con ilusión, con conciencia y con esa mezcla rara de saber que el mundo no es perfecto, pero que tampoco lo ha estado nunca. Me veré de primera mano frente a los muros de la antigua Troya, para ver el color del polvo y su famoso caballo. En Turquía, quizás encuentre los cojines perfectos para aquella alfombra mágica que no voló.

    Quién sabe si en Grecia se sentará a mi mesa el mismísimo Dioniso (el Dios del vino) junto a su padre Zeus, y esta vez sí tengamos una conversación sabrosa.

    Mientras cierro la maleta, pienso que tal vez vivir no es esperar a que todo esté en calma, sino aprender a moverse con respeto dentro del movimiento. Además, alguien tiene que hacer el «sacrificio» de ir a buscar inspiración para los próximos posts.

  • Hoy me quedé pensando en esa frase de Facundo Cabral:

    “Y si llueve… me mojo. Porque no me encojo.”

    Y yo:

    ¿encogerme? ¿Yo?

    ¿Pero qué soy… tela barata que se lava y sale talla XS emocional?

    Porque de chiquitas nos ponían la barra más alta que la cortina de la sala:

    no te despeines, no te ensucies, siéntate bien, no hagas bulto…pero se niña y aprovecha la infancia.

    Pero la vida… no es una foto perfecta de Pinterest, con un blower dominicano, de esos que dejan china a una africana. Y con las ropas con más combinación que una caja de seguridad. La vida es más bien como confiar en el weather app que decía que no iba a llover… para terminar como gallina mojada en 7 minutos.

    Y lo peor no es mojarse.

    Lo peor es el momento en que uno sigue viéndose en su mente como en la foto de Pinterest:

    Caminando rápido.

    Mirando al frente.

    Como si no estuviera pasando nada…señora, usted está empapada. Todos la ven, como gallina despeluzada.

    Y sí, yo he peleado con la lluvia.

    Con el plan que no salió.

    Con el giro que nadie me consultó.

    Con ese momento donde la vida claramente ignoró mi idea del “look perfecto”.

    Pero después… pasa algo raro.

    Las historias que más cuento…

    nunca son las que salieron perfectas.

    Son las que se dañaron.

    La comida que se quemó.

    El plan que se cayó.

    El día que terminó en cualquier cosa…

    pero uno se rió más de la cuenta.

    Así que sí… me mojo.

    A veces poquito.

    A veces tipo huracán categoría emocional.

    Pero no me encojo.

    Porque encogerse es peor.

    Es vivir tratando de no despeinarse…

    y terminar sin haber vivido nada que valga la pena contar.

    Así que no.

    Si llueve… me mojo.

    Y si ya me mojé…

    bueno.

    Que se dañe el pelo…

    pero que no se me dañe la vida tratando de cuidarlo.

  • En unas semanas vamos para Troya y esta señora está en modo aprender, de la historia, las leyendas y los mitos. Y quedé completamente enganchada con la mitología griega.

    Un simple miércoles por la noche, Tommy le ofreció un Wagyu a Patty y se unieron David y Nicole. Les anuncié que iba a ser todo un banquete griego. Empecé a buscar detalles por toda la casa (¡no faltaba más!, yo soy el departamento de póngalo bonito.) Mantel hermoso, platos bases, platos azules con servilletas a juego…

    Y entonces lo vi.

    En el escritorio de Tommy, la pequeña estatua de Dioniso.

    La traje a la mesa… Ya esto no era cualquier mesa, era una mesa de Dioses.

    Mucho vino, recetas griegas, que me ayudó ChatGPT a elaborar, conversación y cual si fuéramos filósofos de la antigua Grecia empezamos a analizar la mitología griega; no solo desde el concepto sino tratar de entenderlo. Y en medio del vino y la comida, terminamos hablando de eso… de cómo los griegos veían la vida. Sin promesas de orden, sin garantía de justicia. Un mundo donde ni siquiera los Dioses resolvían el conflicto… solo lo reflejaban.

    Al final, no faltaba más, Dioniso era el protagonista de la noche; hijo de Zeus y Sémele. Mitad dios, mitad humano.

    En esta ocasión Zeus no se transformó. No fue toro, ni cisne, ni lluvia dorada. Con Sémele se presentó. Disfrazado de hombre, sí, pero sin esconder del todo lo que era. Atraído por su belleza y su falta de miedo a los Dioses.

    Aparece Hera, esposa de Zeus. Y tienta a Sémele; no entra con fuerza sino con duda. Le siembra una pregunta sencilla, pero peligrosa: “¿Y si no es Zeus? Pídele que se muestre tal cual es”. Y Sémele pide. Y Zeus, atado por su propia promesa, accede.

    Pero Zeus no es forma. Zeus es rayo, es fuego, es poder sin medida. Y cuando se revela, ella no lo resiste. No muere por castigo. Muere por exceso de verdad.

    Zeus rescata al hijo, lo cose dentro de su propio cuerpo hasta terminar de gestarlo. Así nace Dioniso, Dios del vino, del éxtasis, de lo que se desborda, de ese punto donde lo humano y lo divino se mezclan y el control empieza a aflojarse.

    Mientras contaba esta historia, me di cuenta de algo. Dioniso no estaba solo en la mesa. Ya había empezado a ocupar un espacio en nuestras vidas.

    Tommy siempre ha sido control en su máxima expresión. Orden, detalle, estructura. Por eso cuando empezó su cuenta de vinos en Instagram, le regalé una pequeña estatua de Dioniso. No por estética. Más bien por contraste.

    Porque Dioniso no organiza, suelta. No mide, siente. No controla, permite.

    No es que Tommy dejó de ser quien es. Es que empezó a aflojar un poco. A dejar espacio. A no necesitar que todo esté perfectamente definido para poder disfrutarlo.

    Como si Dioniso callado, hubiera encontrado un lugar en su vida.

    Y quizás eso fue lo que me dejó la noche. Que no todo en la vida necesita orden para ser valioso. Que hay verdades que, si llegan sin medida, queman. Pero también hay otras que, cuando llegan en su punto justo, te enseñan a soltar.

    Quizás no soy yo sola. Quizás todos, en algún momento, necesitamos un poco de Dioniso en la mesa.